Se levanta cansado. Todos los días. A las ocho en punto. El reloj está programado a esa hora, ocho en punto. No toma nada; ni tan siquiera se viste; sólo acierta a calzarse unas zapatillas cuando echa los piés al suelo, por si acaso: una vez supo de uno que pisó algo, y luego murió.
Arrastra su cuerpo hacia la habitación de al lado, donde se asienta pesada la mesa de roble pulido que heredó de quién sabe. Siempre ha estado ahí; lleva tantos años prendida del suelo que la solería se confunde con las patas ¿o es al revés? Encima, un portátil; alrededor nada, la vieja silla, coja, que calza a diario con una hoja de periódico plegada muchas veces sobre sí misma, tanto que ha resuelto transformar su materia original en un bloque compacto de color grisáceo, un tarugo de desvaídas letras.
Se sienta y espera. La pantalla parpadea hasta que se torna blanca, quirúrgica, dispuesta a la disección. Él acaricia las teclas indagando el origen de su cansancio. Pulsa signos y explora en las entrañas del ingenio para componer su memoria.
domingo, 25 de mayo de 2008
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2 comentarios:
Cansado, en ayunas, desnudo, en un espacio minimalista....¿no será todo un sueño de alguien?
saludos
Sueño o pesadilla. Ese arrastrarse parece inquietante.
Saludos
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